“El Juego del Calamar”, el éxito de Netflix del que todo el mundo habla

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“El Juego del Calamar”, el éxito de Netflix del que todo el mundo habla

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Se acerca Halloween y lo más probable es que veamos las calles atestadas de gente vestida con un mono colorado con capucha, llevando una extraña máscara negra con un símbolo blanco pintado sobre ella, no los confundan con la indumentaria de “La casa de papel”; se tratará de un nuevo caso del conocido efecto eco que generan las series con un éxito aplastante, y que en este caso tiene su explicación en el último éxito de la plataforma de streaming Netflix: “El juego del calamar”, la serie surcoreana que ha conseguido convertirse en la más vista de todo el planeta, hasta la fecha.

Correspondiente al género llamado “Battle Royal“, procedente del manga, que fue llevado posteriormente al cine en 2000 por Kinji Fukashaku, la trama de “El juego del calamar“ nos adentra en un extraño y cruel juego en el que participan 496 individuos desesperados por problemas económicos que esperan poder solucionar ganando un cuantioso premio en metálico, participando en una sucesión de retos inspirados en juegos populares infantiles de Corea del Sur con un macabro ingrediente : quien pierde una prueba es en el instante asesinado.

La serie muestra un considerable componente de crueldad pero tampoco ahorra comedimiento en la representación gráfica de la violenta muerte de sus personajes.

Eliminado. Un jugador menos

Empezarán a forjarse grupos, bandos y coaliciones, desarrollándose lazos, inquinas y rencores entre varios de los competidores, y el espectador comenzará a saber la complejidad tanto del juego como de los intereses ocultos tras él. Todo ello con una cuidadisima puesta en escena donde se uniformiza a los bandos principales: jugadores y guardianes y donde el decorado también cobra protagonismo en la serie.

Los jugadores uniformados con chándal blanco y verde, al tiempo que sus custodios visten todos con el anteriormente citado mono con capucha roja y unas extrañas máscaras en forma de esfera negra microperforada que les deshumaniza completamente y que solo permite detectar distintas categorías jerárquicas en función de los tres tipos de símbolos: un cuadrado, un círculo con un triángulo. Estas formas geométricas se corresponden con los elementos que configuran el dibujo del calamar que da título a la serie.

El anónimo líder viste una muy elegante gabardina verde también con capucha y oculta su rostro con una máscara que representa de manera angulosa un imperturbable rostro.

Sin hacer bastante spoiler, en los primeros compases de la serie el espectador se verá asombrado por la reacción de una gran parte de los personajes en el momento en que, tras aprovechar la oportunidad de salir con vida de ese juego mortal, un elevado número de ellos decide, con completo conocimiento de causa, regresar a adentrarse en la dinámica mortal de la que han conseguido huir, llevados por la desesperación de sus problemas económicos personales.

Aquí es donde empieza el segundo acto de esta serie, donde ya no habrá solución de continuidad a la espiral de muerte y desesperación que proviene de los sucesivos juegos en los que sean sometidos los competidores.

El espectáculo de la caza del hombre goza de una extendida tradición cinematográfica, puesto que ahora desde “El malvado Zaroff” (Irving Pichel y Ernest B. Shoedsack, 1932) se han sucedido los ejemplos, que han llegado hasta los mucho más recientes y de enorme popularidad entre público juvenil, como es la situación de las adaptaciones cinematográficas de las novelas de la saga “Los juegos del hambre ” de la autora Suzanne Collins.

Por ello no es de extrañar el reconocimiento alcanzado por la serie surcoreana “El juego del calamar“ y lo que algunos preocupa este meteórico éxito, no ya por la próxima proliferación de disfraces por el inminente Halloween, sino por la imitación de ciertos juegos que se muestran en la serie en los patios de colegios e institutos.

Es esta una circunstancia de la que en los últimos días se está alertando, y si bien los juegos que aparecen en la serie se inspiran en juegos infantiles, el inconveniente aquí es que la imitación por parte de menores de edad deja en evidencia que han visto una serie que bajo ningún punto de vista sería aconsejable para menores de, como mucho de 14 años. Quizá sea esa la enseñanza que debemos obtener de esta serie: los menores de edad ven lo que les da la gana.

La indudable libertad de que dispone el espectador de plataformas digitales que delegan la responsabilidad de que los menores puedan acceder a determinados contenidos en los propios progenitores, quienes quizá deberíamos de preocuparnos más por estas cuestiones y que, en muchos casos, ya es tarde por que nuestros retoños se han merendado de una sentada la temporada completa.

Al menos, a medio plazo, las consecuencias quedarán limitadas a esta única temporada ya que su creador, Hwang Dong-hyuk, ha manifestado las dificultades que le supondría producir una segunda temporada, aunque mucho nos tememos que dado el éxito ya se estará fraguando.

A diferencia de lo que ocurre habitualmente en el mundo de las series su director ha sido quien ha escrito todos y cada uno de los nueve episodios, algo excepcional cuando normalmente las series televisivas corren a cargo de un equipo de guionistas, hasta el punto que la idea le surgió en 2008 y no ha sido hasta este año cuando no ha visto la luz definitivamente, por lo que Dong-hyuk ha afirmado que no entra en sus planes pasar otra década escribiendo la segunda da temporada.

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