Cuento celta de invierno

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Hace mucho tiempo, tanto que aún no contábamos los años como lo hacemos ahora, existía una pequeña aldea —oppidum le llamaban los romanos—, llamada Uxama Argaela. Allí los niños vagaban tristes y anhelantes, desde que los sucesivos régulos impuestos por Roma  prohibieron las enseñanzas y la influencia que el druida pudiera ejercer sobre ellos.

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Ya no podían acompañarlo al Nemetón, ni, por tanto, aprender maravillas que ningún infante podría saber en la actualidad.

Los niños mayores y los más fuertes acompañaban a sus padres a las tareas del campo. Allí la dura labor agrícola laceraba sus manos y corrían el riesgo de ser mordidos por una víbora. Los más pequeños se quedaban en la casa, bajo el cuidado de un familiar, al que ayudarían a moler grano o a tejer los sayales de lana —si eran para invierno— o de lino.

Las casas de las familias contaban con paredes de sólida piedra y tejados de paja combinada con arcilla. Aún así, en invierno los gélidos tentáculos del frío se filtraban y deslizaban entre todos los miembros, que sólo podían abrigarse y arrimarse a la lumbre, siempre encendida, situada en el centro de la planta. Para goce de los pequeños, todos dormían juntos, pues no había habitaciones separadas, y en invierno —Yule— todos compartían lecho para darse calor.

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Las estaciones se sucedían: Imbolc, Ostara, Beltane, Litha, Lughnasadh, Mabon, Samhain… Durante ésta última, que anunciaba el frío más letal, ya sabían que, a pesar del ritual realizado para evadir a la muerte, el gélido Yule dejaría, un año más, un número considerable de bajas en la aldea, niños incluidos. Progresivamente, todos iban enfermando con el avance del frío. Empezaban con tos, seguían con fuertes fiebres, y al final unos sobrevivían y otros no. Cuando morían adultos, eran incinerados e inhumados en sus respectivos túmulos. Cuando morían niños se les enterraba bajo el suelo del hogar… Tanto era el dolor de perderlos.

Un día de Yule, un pequeño llamado Liteno salió al bosque a recoger leña. Cuál fue su júbilo, cuando al pasar junto a una roca plana de su altura, encontró sobre ella una hogaza de pan que exhalaba un delicioso aroma a masa recién-horneada. Asombrado y pletórico de felicidad, lo tomó y se apresuró a llevarlo a su familia.

Tomó el camino de vuelta al oppidum, para lo cual debía recorrer un puente que cruzaba el río Ucero. Cuando pasaba junto a un sendero que bordeaba dicho río hasta una vieja casa abandonada, una anciana andrajosa, vestida con harapos y aterida de frío, le detuvo:

—Precioso niño, tengo mucha hambre. ¿Tienes algo de comida para darme?

Liteno, que se había guardado la hogaza bajo sus prendas de lana, se sintió tentado de mentir a la anciana y responder que no. Pero la nobleza del alma celta era ineludible.

Lentamente, extrajo la hogaza de entre sus ropajes, y le ofreció una generosa porción. En ese momento, empezó a nevar suavemente, como un alegre tintineo visual.

La pobre vieja se frotó los brazos resoplando entre temblores, y le preguntó:

—¿Podríais dejarme dormir en vuestra casa esta noche? Hace frío, he caminado mucho y estoy débil.

Liteno aceptó. Cuál fue la sorpresa de sus padres, al ver a su hijo presentándose en casa con una invitada tan frágil. Rápidamente, acondicionaron un lugar cómodo junto a la lumbre para ella. Y a la hora de cenar, racionaron bien la comida para que a nadie le faltara una modesta ración de podridge, una pequeña tajada de carne y  una fina rebanada del delicioso pan.

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Al día siguiente, la anciana les pidió que le concedieran permanecer en la casa una noche más. Los padres de Liteno fueron incapaces de negarse, pues la hospitalidad —Hospitium, según reconocieron los romanos— era un rasgo muy arraigado en los corazones celtas. No podían evitar sentirse enormemente protectores hacia los viajeros.

Al tercer día, alguien llamó a la puerta de la palloza. Eran unos vecinos que, al conocer sobre el cobijo que se le estaba dando a la desvalida anciana, quisieron compartir con la familia del pequeño Liteno la responsabilidad de cuidarla.

Finalmente, entre todas las familias del oppidum fueron hospedando a la mujer, de casa en casa, hasta agotar los días de Yule y los de Imbolc. En el dintel de cada hogar, la anciana fue depositando una ramita de muérdago, que misteriosamente quedó fijada y resistió contra todos los elementos climáticos.

Los niños de todas las casas le tomaron un gran cariño: se volcaron en colmarla con todas las atenciones, compartieron con ella ratos deliciosos de juegos, cantos y cuentos junto al fuego… Y el sentimiento, por parte de la conmovida anciana, fue recíproco.

Durante sus estancias por los diferentes hogares, pudo constatar lo desdichados que se sentían los niños; el afán de conocimientos que albergaban sus ávidas cabecitas, rebosantes de genialidades, y el aburrimiento que sufrían, casi tan mortal como el frío de aquella tierra.

Con gran pesar, también asistió a la muerte de tres niños que no superaron el invierno. Todo lo observado la sumió en una profunda reflexión: «¿Qué podrían necesitar aquellos niños? ¿Podrían necesitar lo mismo todos los niños del mundo?». Un enjambre de abejas se acercó a ella y le susurró una hermosa idea.

Cuando llegó Ostara —lo que conocemos como primavera—, la anciana decidió marcharse.

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Todo el pueblo —con los niños encabezando la muchedumbre— la acompañó más allá del muro, hasta el inicio del puente que cruzaba el río Ucero.  Al pasar cerca del sendero que llevaba a la casa abandonada, ella decidió despedirse. Los pequeños la obsequiaron  con un ramillete de coloridas flores y sus mayores con algo de alimento, para soportar el camino hasta una nueva aldea.

Entonces, un enjambre inmenso de abejas rodeó en espirales a la vieja, envolviéndola en una nube de zumbidos. Cuando se retiraron, en el lugar de aquélla, la multitud encontró a una hermosa mujer de pelo y ojos color miel cuya piel despedía reflejos dorados. Mientras todos la observaban anonadados, ella les sonrió con profundo agradecimiento, tomó dos de las manos de los niños y animó a los demás a unirse a ellos. Elevaron las manos al cielo, y la mujer exclamó con una bella y potente voz:

—¡Con la fuerza de la ventisca, con la tibieza del sol, con la frescura de la lluvia y la fragancia de la flor, yo, Mirka del norte, os haré llegar compensación a la generosidad ofrecida con vuestro alimento y calor!

A continuación, soltó las manos de los pequeños y, tomando una rama de muérdago en cada mano, agitó ambas para formar espirales. Desde cada una creció y se elevó un remolino que les rodeó en una explosión continua de destellos rojos, verdes y dorados. El viento generado agitó el pelo de los pequeños que, boquiabiertos, contemplaban el insólito despliegue de magia, secuestrados por la fascinación.

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Finalmente, Mirka del norte unió ambos remolinos en uno y, señalando con sus manos el camino hasta la casa abandonada,  dirigió allí el brillante halo, y pronunció estas palabras:

—Por este camino, algún día, llegará un gran regalo; para los niños gran alegría y para los padres descanso.

El camino que llegaba hasta la casa abandonada bordeando el Ucero floreció en un estallido de colores.

Absortos por el asombro y la belleza creada, los oxomenses no se percataron de que la misteriosa Mirka del norte ya los había abandonado. Pero el hada invernal no se marchó sin antes conjugar en los designios el mejor regalo que todos: infantes, jóvenes e incluso adultos, en cualquier lugar del mundo, merecen recibir.

A los pocos días, desde un lugar muy lejano, llegó un maestro maravilloso a Uxama Argaela. Eligió la vieja casa abandonada para instalarse en el pueblo y mandó construir una cálida escuela que devolvió la felicidad a los niños.

Pero —como diría Michael Ende— esa es una historia que será contada en otra ocasión…

Desde entonces, en los días más gélidos de cada invierno, el hada Mirka del norte, bajo diferentes formas —anciana, migrante, indigente…— ha vagado pueblo por pueblo comprobando si la generosidad de la gente se mantiene como en tiempos del hospitium celta. Y allá donde es bien tratada, hace llegar maestros y maestras maravillosos.

Y también desde entonces, millones de hogares adornan su entrada con muérdago, sin conocer la historia de Uxama Argaela y el hada de invierno.

«¿Queréis saber más sobre el maestro que llegó? Lo encontraréis en el libro «Las abejas de Malia: El maestro griego«.

 

Patricia Vallecillo

Autora de: Las abejas de Malia: El maestro griego

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