Cuento de Samhain Halloween «Letras para una Bruja»

Tiempo de lectura: 18 minutos

Patricia Vallecillo. Autora de: Las abejas de Malia. El maestro griego.

Por fin, a las once en punto, sonó

una de las melodías

favoritas de

los niños:

¡El timbre del recreo!

No es que ocupe el primer puesto entre todos los que niños y niñas adoran oír, pero se podría decir que el ansia que lo precede y el júbilo que despierta al sonar, casi llega a eclipsar el recuerdo de las deliciosas melodías que ocupan los primeros puestos en la lista de sus favoritos, los cuales suelen ser, por orden de mayor a menor:

El anuncio de que han llegado los reyes magos; el crujido mágico de la nieve bajo las botas; el envoltorio de una chocolatina cediendo a la resistencia inicial para poder ser mordida; la frase:nos vamos a la piscina”…

Tras el dulce estruendo que anuncia la salida al patio y un: ¡trampa, no vale!… a cualquier palabra que el profesor quiera añadir después, Sara abrió su merendera, extrajo el sanwich cuyo contenido ocultaba misteriosamente la servilleta de papel que lo envolvía, y se disponía a abandonar su pupitre, cuando se dio cuenta de que los cordones de sus zapatillas estaban atados a las patas de la silla.

—¡Qué graciosas…! —Se dirigió sarcásticamente a su grupo de amigas, esbozando una sonrisa irónica seguida de una mueca de enfado— ¡Me parto con vosotras, de verdad…!

Alejandra, Elena, Iria, Julia, Livia, Rocío, Lara y Alexa rieron, aunque sin entender bien qué le pasaba a su amiga:

—Ya está haciendo el tonto.

—Otra de sus gansadas.

—Te esperamos abajo, Sara…

Mientras desaparecían por el pasillo, la profesora que había terminado de recoger los libros y se disponía a abandonar el aula apresuradamente, reparó en la niña y se volvió hacia ella, desde el marco de la puerta:

—¿Todo bien, Sara?

La cabecita de la niña resurgió de debajo de la mesa:

—Todo bien, sí… Estaba buscando mi sanwich. Ya lo he encontrado. —Sara mostró el paquete de servilleta blanca. No quería que la broma de las zapatillas atadas conllevara un castigo para sus amigas, «aunque bien que les vendría», se dijo, malhumorada. No soportaba las bromas.

La profesora aceptó la explicación y se marchó tranquila. Con cualquier otro alumno habría sido impensable tal muestra de confianza, pero en el caso de Sara, alumna de notas y comportamiento ejemplares, no cabía esperar trastadas.

Al fin, la pequeña logró desatarse y se puso en pie. Pero su silla se adelantó súbitamente, de manera que la hizo caer sobre ella de nuevo.

—Pero ¿Qué ocurre aquí? ¿Qué está pasando? —susurró, asustada.

Observó la mesa y la silla, por arriba y por abajo, por delante y por detrás, analizando todo su alrededor, hasta que un garabateo arenoso muy familiar para ella la hizo mirar al frente: una tiza escribía sobre la pizarra, pero nadie la sostenía. Se agitaba sola en el aire con asombrosa rapidez: «Hola, Sara», escribió.

—Hola… —respondió ella, anonadada, con sus grandes ojos marrones aún más redondos de lo habitual, e incapaz de cerrar la boca.

«Estoy perdida», trazó la tiza, y continuó: «Voy buscando niñas que sepan escribir bien, y he venido a parar aquí, no sé por qué. Necesito nueve escritoras que me ayuden a volver a casa».

—¿A una tiza? —preguntó Sara.

«¡No, mujer, no soy una tiza! Es que no puedes verme».

—¿Quién eres, entonces?

«Soy una bruja»

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Un escalofrío recorrió la espalda de Sara, hasta erizarle el pelo de la nuca. Pensó en pedir auxilio a gritos, pero nadie la creería. Sólo podía lamentarse, para sus adentros:

«Madre mía, una bruja, aquí, y ha venido a mí ¿Pero por qué? He hecho caso a mi madre en todo: nunca he jugado a la ouija; no he roto un espejo; ni siquiera he pasado por debajo de una escalera…».

«¿Por qué tienes miedo?», le preguntó la tiza, o mejor dicho: la bruja.

—Las brujas sois…, bueno…, dicen que sois…

«¿Malas?» —se deletreó lentamente en la pizarra— «¿Lo dices por lo que le hice a tus cordones?»

Antes de que Sara pudiera responder, el borrador recorrió compulsivamente toda la pizarra. La tiza escribió: «Necesito nueve niñas que escriban un cuento sobre mí, en sus cuadernos, con sus bolígrafos».

—¿Y por qué no te lo escribes tú sola? —Se atrevió a decir Sara, aún molesta por la travesura de las zapatillas atadas a la silla

«Porque tengo una maldición. Estoy castigada a no poder escribir jamás con tinta».

Sara tragó saliva: «¿Una maldición? Pero, ¿por qué tuvo que encontrarla a ella?, ¿y si le contagiaba la maldición?». La bruja continuó:

«¿Qué tal se te dan los dictados?»

—¡Mal!

«¡Mentirosa!»

Sara se dio cuenta de que, si la bruja la había elegido, era porque en los dictados ella destacaba como la que antes acababa las frases, ponía el punto y aparte incluso antes de decirlo la profe de Lengua, y hasta le daba tiempo a girarse y mirar, muy ufana, a los niños que aún escribían apurados, con los mofletes inflados por el agobio, y entre cuyos dictados uno podía descubrir verdaderos guantazos a la ortografía.

La tiza cayó al suelo. Un silencio que parecía eterno aceleró el corazón de la niña. De repente, sin que ella lo deseara, se encontró sacando el estuche de la cajonera y buscando un bolígrafo. A continuación, extrajo un cuaderno de la mochila:

«Había una vez…» —empezó a escribir, y se detuvo.

«Me das pena» —trazó el bolígrafo—, «Anda, vete al recreo, y ya seguiremos con el cuento después».

Durante lo que quedaba de jornada escolar, los profesores que se fueron sucediendo clase tras clase, tuvieron que llamar la atención de Sara varias veces, un hecho inaudito en su caso: la alumna más aplicada de la clase.

A lo largo del camino de regreso a casa, apenas atendía a la conversación de sus amigas, temiendo que de un momento a otro pudiera escuchar una voz, ronca y malévola, o su mano se moviera sola y le soltara un guantazo a la chulita de Esmeralda, que en ese momento adelantaba al grupo sin poder dejar de recordarle la fiesta de Halloween tan increíble que les esperaba a ella y a sus mejores amigas, en el mega-jardín super-decorado de su enorme chalet; fiesta a la que, por supuesto, no podía invitar a niñas cutres como ellas.

La mano se mantuvo en el mango del carrito-mochila, pero la idea hizo reír sola a Sara, para extrañeza de sus amigas. Por si acaso, se puso muy seria y se esforzó en negar la idea: «Ni se te ocurra, bruja, por favor».

Aprovechando los últimos días agradables del otoño inicial, pasaron un par de horas en el parque. Éste acababa de ser reformado, incluyendo en él más columpios y sustituyendo los que estaban viejos, así que todas tuvieron uno en el que montarse.

Sara, distraída por las divertidas ocurrencias de sus amigas, se había olvidado de la bruja. Cuando subieron a los columpios, se dieron impulso para iniciar el balanceo. Normalmente se hace pesado arrancar el movimiento, hasta que uno siente que empieza a volar, de detrás hacia adelante: levanta y estira las piernas; y de delante hacia atrás: dóblalas por debajo del columpio.

Pero el columpio de Sara se propulsó al primer movimiento con súbita rapidez, como por un gran empujón, un empujón descomunal que la elevó hasta casi tumbarla en el aire, totalmente horizontal, viendo de cerca las ramas de los árboles y sus amarillas hojas a punto de caer.

—¡Para! —gritó.

El columpio se detuvo en seco. Elena, Rocío, Lara, Alexa, Iria, Alejandra, Livia y Julia, asustadas, abandonaron los suyos.

—¿Nos subimos al castillo? —propuso Sara, tratando de sacarlas del estupor.

—¡Sí! ¡Coged los estuches y cuadernos de las mochilas! —añadió Alejandra.

—¡No! ¡Eso…! Mejor no —protestó Sara.

Sin embargo, se puso en pie como un resorte, y con gesto de contrariedad, se dirigió mecánicamente hacia su mochila, regresando con el estuche y un cuaderno. Se sentó, clavando los ojos con fastidio en un punto fijo. Sus amigas la miraban como si estuviera loca. Ella no sabía que decir.

Finalmente, entre miradas curiosas y cómplices del desconcierto provocado por el comportamiento de su amiga, la imitaron, y todas acabaron sentadas en círculo, cuaderno y bolígrafo en mano, bajo el tejadillo del castillo infantil al que se subía por una escalera y se bajaba por el tobogán (aunque también era divertido hacerlo al revés).

Sara empezó a escribir:

«Érase una vez una bruja llamada…, llamada… Érase una vez una bruja cuyo nombre no se podrá decir hasta pasada la medianoche de Halloween, cuando por fin sería liberada».

Livia ojeó lo escrito por Sara:

—¡Eso suena genial! Ahora sigo yo… —Se disponía a pensar, cuando su mano, de repente, tomó el bolígrafo y empezó a moverse sola:

«¡Ah, qué feliz estoy! He encontrado unas niñas maravillosas que me salvarán».

Sara leyó, algo asustada, lo que acababa de escribir. Miró a Alejandra, sentada a su lado, y ésta le devolvió la mirada, ojiplática, mientras su mano se deslizaba sobre el cuaderno:

«La bruja vivía en una preciosa casita de corteza, excavada en el tronco de un grandísimo árbol milenario y oculta a la vista de los humanos; en un frondoso bosque lleno de helechos y bellos insectos de todos los colores. Lo recorría a diario —después de desayunar, barrer y bañarse en zumo de pimientos con jengibre—, para recoger setas, musgo, líquen, muérdago… y otros elementos que no nombraré porque sé que os dan asco.»

El bolígrafo de Alejandra se detuvo, y cedió el relevo al de Julia:

«Un día la bruja se cansó de hacer las cosas de bruja que los cuentos cuentan que hace una bruja: pócimas, hechizos, bizcochos con chocolate rosa, verde, azul… Y ya no le divertía tejer gorros de lana que hacían que el pelo se trenzara solo, o delantales que te guiaban para elaborar las tartas más increíbles, o labrar en madera cucharones que hacían que el pescado, el brócoli, la coliflor o el repollo supieran a nuestra golosina favorita».

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La narración se fue interrumpiendo y reanudando de mano en mano, tomando el relato cada vez mayor uniformidad:

«Una mañana, la bruja tuvo que disfrazarse de aldeana común para bajar al mercado del pueblo, en busca de ingredientes normales, como los que utilizan los seres humanos no mágicos, y un nuevo puesto llamó su atención. Ofrecía unos objetos muy parecidos a su cuaderno de pócimas y hechizos: LIBROS. Abrió uno, y sin darse cuenta, su poder se concentró tanto en el placer de perseguir los renglones, página tras página, que cuando cerró el noveno libro, a su alrededor se había formado un corro de gente en actitud suspicaz hacia ella:

—No es posible que una muchacha lea tan rápido —murmuró una anciana.

—Es que no es posible que le guste tanto leer —dijo un barbudo ceñudo.

—Esa rapidez no es de este mundo… —remató una señora con tono nada halagüeño.

 Tal vez sospechaban que era una bruja, así que improvisó:

—¡Qué dibujos tan bonitos, a saber qué se cuenta en las palabras…! —Mostró una exagerada candidez dirigiéndose a quienes la rodeaban— … No me voy a quedar con las ganas. Señor librero, por favor, deme éste de aquí, ése de allá, y esos dos que tiene al lado.

El librero, aliviado, accedió con mucho gusto a venderle los libros a la camuflada bruja».

Las niñas se miraron apenadas: ¿Qué tenía de malo poder leer tan rápido y con tanta avidez? Ése era el sueño de sus padres y profesores para ellas.

Iria prosiguió la redacción:

«Cuando llegó a su preciosa choza cubierta de musgo y rodeada de setas, se apresuró a liberarse de la carga de harina, azúcar, quesos y manzanas, y se dispuso a leer los libros que le habían faltado para completar la lectura de toda la librería. Y cuál fue su disgusto, cuando descubrió que…»

—Niñas, nos vamos a casa! Venga…, que ya está anocheciendo.

—Pero mamá… ¡Si son las cinco y media nada más!

—Pero ahora anochece antes —respondió otra madre—. Venga, recogerlo todo y a casa.

Compartiendo un gesto de fastidio, se preguntaron con quién se quedaría ahora la bruja. La mano de Elena escribió:

«Tranquilas, puedo esperar a mañana»

—¿Y si hacemos videollamada? —propuso Sara.

—Tengo que hacer deberes, Sara —respondió Livia. Sara torció el morro: «malditos deberes».

—Y además nos han plantado el examen de Sociales pasado mañana —señaló Rocío, apesadumbrada. El recordatorio de dicho examen cayó como un mazazo sobre todas.

—¡Pero si es Halloween! ¿Para qué vamos disfrazadas entonces? ¿Para hacer un examen de Sociales vestidas de brujas? ¡Vaya idea más…! —se indignó Sara.

—¡Abracadabra, montes de Toledo, abracadabra, Cordillera cántabra, por los verdes Pirineos, que nieve en la Galaica…! —bromeó Alejandra, riendo.

—¡Qué bien te ha quedado! —Todas rieron.

«Te aplaudo», escribió la única mano que aún no había soltado el boli ni recogido el cuaderno. La bruja alababa el cantarín hechizo.

Aquella noche, viendo las noticias en la televisión, pudieron espantarse ante la predicción meteorológica de nieve inminente en Galicia.

La mañana siguiente todas acudieron al colegio muy calladas, y al encontrarse en la puerta de entrada intercambiaron cómplices miradas algo temerosas: ¿Habían conjurado un hechizo? ¿De verdad?

Esta vez, el timbre del recreo cobró un matiz distinto al habitual: instintivamente, supieron que cada una debía llevarse al patio un cuaderno y un bolígrafo. Se los escondieron a la espalda y procuraron salir al final de la fila de compañeros. Al llegar al patio, de alguna manera supieron que debían buscar un escondite, para lo cual se dividieron. Todas giraron pomos y mangos de puertas de cuartos y cobertizos donde se escondían juguetes, cubos, palas, herramientas del jardinero… sin resultado: todas cerradas.

Hasta que, por fin, Sara abrió la puerta del gimnasio. Como si las demás la escuchasen llamarlas con el pensamiento, acudieron prudentemente, deslizándose por paredes y rincones; correteando de columna en columna para ocultarse de la vista de los profesores.

Por fin en el gimnasio, la narración continuó de la mano de Sara:

«Cuando la bruja leyó aquellos cuentos, se sintió muy humillada. La forma en que ofendían a las brujas era injusta, y sus mentiras absolutamente disparatadas: ¿Envenenar con manzanas? ¿Hacer dormir eternamente? ¿Secuestrar niños perdidos en el bosque para comérselos?

Así que decidió escribir su propio cuento.

En él, las princesas eran feas, porque muchas lo son, y los príncipes unos tiranos, que también los hay. Las ranas eran adorables por sí mismos, como cualquier animal, y nadie deseaba convertirlos en otro tipo de ser. Las madrastras ganaban belleza con la edad porque cambiaban el espejo por libros, y las mujeres no consentían que nadie abusara de ellas obligándolas a limpiar y cocinar como esclavas esperando a ser salvadas por un príncipe (que como ya dije, podía salirles tirano).

El territorio del lobo era declarado zona protegida, y ninguna madre era tan irresponsable de mandar a sus hijos solos al bosque. Ningún cuento acababa en boda por un beso no consentido; ni se comían perdices, pobrecitas… Cada uno era feliz como le daba la gana y amaba a quien quisiera: dos leñadores construían juntos su nido de amor, o las largas trenzas de Rapunzel eran peinadas por su novia, cada anochecer.

Y así la bruja hacía moverse su pluma, felizmente, día tras día, hasta que, muy orgullosa, pudo entregar su primer libro de cuentos al librero del mercado, que lo recibió complacido. Sin embargo, antes de que éste pudiera llegar a colocarlo en su expositor de libros, apareció ante ella el mago consejero del rey: un hechicero que, utilizando al monarca como un títere, se ocupaba de mantener desde el poder del trono un montón de absurdas ideas contra las mujeres no consideradas normales, decentes, o sensatas. La bruja ya había oído hablar de él antes… y no la gustaba nada de nada.

Sin dar tiempo para reaccionar a la bruja, el mago malvado le arrojó esta maldición:

Yo te condeno, bruja desobediente, a un destierro lejos de este mundo.

Y, a dondequiera que vayas, no podrás volver

a empuñar una pluma o similar, pues tu escritura será estéril.

Tampoco podrás mostrarte ni hablar, pues serás tan invisible

como la tinta en tus manos.

Esta maldición te perseguirá eternamente…

A menos que encuentres nueve niñas que escriban juntas un cuento sobre ti, y que lo empiecen a leer en voz alta, nueve minutos antes de la medianoche de Samhaín…»

—¿Samhain…? ¿Qué es eso? —se apresuró a preguntar Livia.

—Es el nombre que tenía aquí lo que ahora llamamos Halloween. Se celebraba en la religión celta, la que había antes de que llegara el cristianismo. No me miréis así; me lo ha contado mi madre, que está muy puesta en eso de los celtas. —Sara rehuyó la mirada divertida de sus amigas.

«Así es, Sara. Felicita a tu mamá de mi parte y hazla mucho caso siempre; que es muy lista y sabe mucho», apostilló la bruja.

De repente, todas cayeron en la cuenta de la misión que les había sido enconmendada: salvar a la bruja con sus letras. Pasaron de estar casi sin respiración a sufrir una aceleración brusca de sus latidos. Un pequeño ataque de pánico se extendió entre todas.

—Chicas, nosotras somos las nueve… —afirmó Sara.

—Tenemos que ayudarla a vencer la maldición —añadió Alejandra, abandonando su estupor, muy decidida.

—¡Pero mañana es la noche de Hallo… o sea: de Samhain! —Rocío se agobió.

—¿Cómo haremos para reunirnos antes de medianoche? —La pregunta de Julia intranquilizó aún más al grupo.

—Todos los años celebramos Halloween en el cole, ¿o no os acordáis? — Pronunció, tras ellas, una voz conocida de adulto. Todas se volvieron, pasmadas.

David, el profesor de Ciclo Infantil que amaba organizar todo tipo de fiestas y excursiones, y sobre todo adoraba a los niños, las había escuchado y —no sin asombro— había observado cómo escribían una tras otra compulsivamente, bajo la misma cadencia y velocidad. Comprobó los cuadernos: la letra era la misma en todos, y —por lo poco que recordaba de su etapa como profesor de este grupo— difería de la de cualquiera de las niñas.

El júbilo las agitó como un revuelo de cotorras, y le inundaron en preguntas: ¿Cómo se lo diremos a los padres? ¿Cómo sincronizamos los relojes? ¿Cuál es la medianoche exacta para todo el mundo? ¿Y los demás niños, qué dirán? ¿Cómo nos ocultaremos de ellos? ¿Y si se aparece la bruja, cómo la escondemos?

De repente, el profe que sabía mucho de mates, Inglés, Lengua…, se vio obligado a responder a preguntas que escapaban no solo a su preparación o al mundo conocido hasta ahora, sino… ¡A esta dimensión!

Comenzó por resolver el problema sobre cómo reunirlas allí: era más fácil de lo que creían, pues, como acababa de recordarles, todos los años organizaba una noche de Halloween con los niños del tercer curso. De hecho, ellas aún recordaban lo bien que lo pasaron, dos cursos atrás: con los sacos de dormir, los disfraces, el baile, los magos, el cuentacuentos…

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—Decidle a vuestros padres que os he elegido como ayudantes de la noche de Halloween, para cuidar a los pequeños. Yo mismo se lo confirmaré mañana por la mañana, en la puerta, y, de todas formas, les escribiré un mensaje. Si es necesario, podría insistir un poco, pero vosotras deberéis convencerles del todo. Poneos pesadas con ellos…, sé que podréis, porque lo sois un rato —remató, contagiándoles una risa que las tranquilizó.

De pronto, las amigas se vieron más seguras en su misión, al saberse fuertemente respaldadas por David, quien, además, era muy querido por todos los padres.

La noticia cayó como una bomba en cada casa:

—¿Cómo? ¿Así, de repente?

—¿Que se le han puesto enfermos los ayudantes?, ¿todos?

—¿Qué es eso de que ganasteis un concurso?

Alguna había hecho un uso exagerado de su capacidad de inventiva. Pero lo importante es que lo consiguieron. Durante toda la cena que siguió a la tarde, los wasaps del grupo de padres del curso de las nueve niñas estuvieron saltando como palomitas, y algunas respuestas resultaron especialmente tranquilizadoras:

—Sí, yo también he oído eso del cuento.

—Sí, David me lo dijo esta mañana. Yo estaría orgullosa, la verdad, de saber que mi hijo va a narrar un cuento, ¡y que ha ganado un concurso!

Pero lo que terminó de serenar a los padres de las nueve niñas fue que el propio profesor se lo confirmara, con el respaldo de otros que, si bien no sabían de qué se trataba realmente, agradecían contar con la ayuda de nueve niñas de diez años para lidiar con los de ocho.

Ajustaron el texto y se comunicaron con la bruja una vez más, la cual escribió: «Deberéis leerlo todas a la vez y finalizar con este conjuro. Escuchad y memorizadlo:

Mago malvado, te convocamos.

Tu castigo a la bruja ha terminado.

Nueve escritoras la liberamos

y con este conjuro te condenamos

para que a ninguna bruja más

vuelvas a hacer daño.

¡Libre es, libre es!

¡Ahora aparecerá

Y nos dirá quién es!

Llegó la hora del comienzo de la fiesta. Ataviadas con disfraces de diferentes colores, Sara, Alejandra, Julia, Elena, Iria, Livia, Alexa, Lara y Rocío se presentaron en la conserjería del colegio a las nueve de la noche. Cada una portaba su cuaderno en la mano, donde había completado el relato con los fragmentos de las demás. Todas habían memorizado el sortilegio final.

Estaban hechas un mar de nervios; les aterrorizaba trastabillar en alguna palabra. Habían ensayado noventa veces la lectura al unísono, y además, ¡oh, casualidad!, todas habían elegido el mismo disfraz: el de bruja.

Pero aún se topaban con un obstáculo insalvable hasta el momento: la coordinación de sus relojes. Afortunadamente, David se ocupó de averiguar el funcionamiento de cada modelo, y cuando lo hizo, las preparó para poner los segunderos a cero, todas en el mismo instante.

La noche transcurrió entre búsquedas de tesoros y chucherías, huídas de supuestos fantasmas, a quienes las niñas recordaban de cuando pasaron su noche de Halloween, siendo más pequeñas. Ahora ya no parecían tan reales: observando los zapatos, las manos, y escuchando las voces, podían identificar al profe de inglés, a la de mates, al de Science…

Bailaron, cantaron, cenaron sus bocadillos acompañados de batidos y zumos… Y de postre, dieron buena cuenta de los huevos de chocolate que, envueltos en papeles brillantes, negros y naranjas, habían ido encontrando por el patio ayudando con sus linternas a los más pequeños, a la vez que huían de algún fantasma o vampiro. Todos los niños disfrutaron cada segundo, hasta de los mayores sustos, con los ojos impregnados de emoción, aventura e ilusión, como sólo los niños saben disfrutar de la vida.

Todo ello creó la atmosfera ideal para… ¡desembrujar a una bruja!

Las nueve amigas se estremecían recordando tantas sensaciones vividas allí dos cursos atrás, cuando ellas eran las pequeñas. Sin embargo, este recuerdo resultaba insignificante, comparado con el cosquilleo que les revolvía las entrañas cada vez que intercambiaban las miradas, con las que se repetían mutuamente el motivo que las reunía allí.

No podían parar de vigilar la hora en sus relojes digitales. Los dos puntitos intermitentes que separan las horas de los minutos parecían aumentar o disminuir el ritmo de su parpadeo cada vez que los miraban.

«Nueve minutos antes de las doce, nueve minutos antes de la medianoche…», resonaba en sus cabezas.

Las once y cuarenta y siete.

—Tengo que ir al baño —anunció Sara.

—¡Ni se te ocurra! —La retuvo Alejandra.

—¡Hablad más bajo! —Susurró Julia.

—Son los nervios, aguántate. —Roció trató de disuadirla.

Pero el rostro de Sara tenía realmente mal color.

—Vamos, te acompañamos. ¡Corre…! —Livia e Iria la tomaron cada una de una mano.

—¿Estáis locas? —dijo Alexa.

—¡No tardamos nada!

Las tres niñas corrieron al baño del mismo gimnasio, mientras los demás niños, con los pijamas ya puestos, preparaban sus sacos de dormir.

Las once y cuarenta y ocho.

—¡Chicas! ¿Dónde están Sara, Livia e Iria? —David se aproximaba, raudo y nervioso como jamás le habían visto.

Las tres niñas llegaron corriendo.

—¡Se me ha atascado la cremallera del disfraz! —Sara estaba al borde de las lágrimas.

—¡Pues quédate con el culo al aire si hace falta, pero no te muevas más de aquí! —Fue la respuesta de Alejandra, quien, al instante, se arrepintió y la emprendió a tirones con la cremallera rebelde hasta vencerla— ¡Ya está!

Cuaderno en mano, todas controlaron los relojes, muy atentas. Junto al cajón de los balones y las combas, sentado sobre una pila de colchonetas, David elevó los pulgares para transmitirles seguridad.

Las once y cincuenta minutos, con cincuenta y siete segundos.

Sara sufre un ataque de risa. Julia se contagia. Alejandra las reprende:

—¡¿De qué vais?!

—No puedo aguantarme.

—Ni yo.

—¡Sara, jolines! —Alejandra enrojece.

—Respirad hondo, concentraos… —la voz de David calma los ánimos. Todas resoplan y cierran los ojos apenas unos segundos.

Las once y cincuenta y un minutos exactos. Empiezan a leer. Leen con voz firme y en total coordinación unas con otras, la historia de la bruja castigada por el mago que prohíbe cuentos diferentes y amables con las brujas. Los labios se mueven en perfecta consonancia, elevando las palabras al unísono. A las doce en punto deberán recitar el conjuro memorizado.

Las once y cincuenta y nueve.

Se toman las manos, elevándolas para tener las pantallas de los relojes a la vista; para no dejar escapar el momento exacto en que los números cambien a las doce en punto: la medianoche de Halloween o Samhain.

Y cincuenta y ocho segundos, y cincuenta y nueve segundos… Los números de la pantalla dan el salto a las doce. Comienzan el conjuro:

Mago malvado, te convocamos.

Tu castigo a la bruja ha terminado.

Nueve escritoras la liberamos

y con este conjuro te condenamos

para que a ninguna bruja más

vuelvas a hacer daño.

¡Libre es, libre es!

¡Ahora aparecerá

Y nos dirá quién es!

De repente, todas las luces se apagaron.

—Han saltado los automáticos —oyeron decir a un profesor. Un par de linternas se dirigieron al cuarto de contadores.

Durante unos segundos de oscuridad absoluta, las niñas solo pudieron oír sus respiraciones agitadas, más nada ver, pues todo estaba negro.

Por fin volvió la luz. Al mirarse, sonrientes, repararon en una décima niña. Iba vestida como ellas, pero sus ropajes no brillaban, aunque sí eran de variados colores.

Su piel era pálida, salvo por las mejillas sonrosadas, y que estaba salpicada de graciosas pecas. Dos gruesas y largas trenzas pelirrojas caían a ambos lados de su cabeza, cubierta por un gorro inconfundiblemente brujeril. La niña las sonrió. Sus brillantes ojos, de color avellana, rebosaban felicidad.

—Me llamo Vidya —anunció, riendo.

El círculo formado por las nueve se rompió para volver a cerrarse tomando las manos de su nueva amiga, embargada por una felicidad inmensa. Transcurridos unos minutos de preguntas y ocurrencias, entre risas jubilosas que aún albergaban bastantes nervios, Vidya clavó la vista en uno de los cuadernos.

—¿Puedo…? —Lo señaló.

—¡Claro, toma un bolígrafo! —respondió Julia, ofreciéndole el suyo.

Vidya se sentó en el suelo y, tan pronto como volvió a ver extenderse por el papel el rastro de tinta tras sus dedos, rió y rió con unas carcajadas en absoluto horribles ni espeluznantes como las atribuidas a las brujas en los cuentos tradicionales; al contrario: su risa era contagiosa, y deliciosa como un pastel de chocolate relleno de mermelada de fresa o melocotón.

—¿Qué habrá sido del mago malvado? —preguntó Elena.

—No os preocupéis por él, ya me he ocupado… Pero vigiladle bien, porque querrá comerse vuestros libros. —Vidya señaló a un pequeño ratón que, erguido sobre sus patitas traseras, las observaba y movía sus bigotes con gesto malhumorado.

—¡Qué guay! ¡Un compi para mi hámster! —Alejandra se abalanzó sobre él y lo guardó en su merendera.

Hasta casi el amanecer, las diez niñas brujas charlaron, jugaron, siguieron escribiendo, y comiendo chucherías y chocolate. De repente, la dulce carita de la bruja Vidya se puso triste:

—Pronto tendremos que despedirnos. Debo volver a mi mundo. Allí quedaron mi hogar, mis animalitos, mi bosque… Y todo esto es muy raro. —La brujita miró alrededor con extrañeza y algo sobrecogida: las paredes tan lisas, tantos utensilios metálicos, ropa demasiado brillante que no parecía hecha para vestirse de verdad, tantos enseres de plástico… El plástico no le gustaba nada de nada.

Se despidieron con gran pesar. Algunas lagrimillas abandonaron los ojos de las anfitrionas.

—¿No tienes miedo de que alguien más te castigue por escribir cosas diferentes a las de siempre? —le preguntó Sara.

—Ya no. Porque ahora sé que hay niñas como vosotras. Nunca dejéis de escribir lo que os apetezca, lo que os parezca justo, lo que propague alegría. Y aunque pueda disgustar a alguien, porque es imposible gustar a todo el mundo… Todo valdrá si sale de un corazón bueno.

El bello recuerdo de la brujita escritora acompañó para siempre a las niñas, que nunca dejaron de escribir cuentos sobre brujas buenas, princesas feas, madrastras guapas y, sobre todo, ¡sobre todo!: mujeres listas y libres inalcanzables para los príncipes malos.

Y siempre, desde aquél día, cada Samhain —pues prefirieron llamarlo así— se reunieron para contarse por turnos un cuento dedicado a la bruja, sabiendo que en algún lugar lejano, el librero de la aldea lo recibiría y ella acudiría a buscarlo.

Y colorín colorado… por ahí gruñe un ratón encerrado.

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