Las brujas de Zugarramurdi

Las brujas de Zugarramurdi

Quizás no sepas todavía que Las Brujas de Zugarramurdi, además de una película, también fue una historia real. Dicha historia data de principios del siglo XVII y tuvo lugar en un pequeño pueblo de la comunidad foral de Navarra, cerca del País Vasco Francés: Zugarramurdi. Eran épocas en las que la Inquisición gozaba de gran libertad y poder. Es por eso que un conjunto de circunstancias tuvieron un gran peso a la hora de dar credibilidad a esta historia.

Por aquél entonces, hablamos de principios del 1600, todos los fenómenos se asociaban a alguna causa. Es por eso que, cuando se repetían los accidentes meteorológicos más violentos, se buscaban explicaciones en el comportamiento humano. La literatura nos habla de una fuerte migración hacia la zona de Navarra, que casualmente coincidió en el tiempo con ciertas desgracias. Además de numerosos naufragios cercanos.

Mucho se ha escrito sobre estas historias, pero aquí te hablaremos de otra de ellas.

Las travesuras de juventud y sus consecuencias

Cuentan que por aquel entonces una sola joven pudo iniciar toda una leyenda de brujería. ¿Quieres saber por qué? Acomódate. Empezamos.

Se trataba de una muchacha que vivió en Zugarramurdi hasta los 16 años que tuvo que trasladarse con su madre. Pero cuatro años después volvió por trabajo a su pueblo natal. Allí la tendrían como sirvienta o criada en una casa. Ya por aquél entonces circulaban muchas leyendas de Aquelarres y reuniones clandestinas; brujas y brujos que tenían a la población de aquella pequeña aldea intranquila. Unos doscientos habitantes. Entre ellos hombres y mujeres que adoraban al macho cabrío y hacían ritos salvajes a la luz de la luna.

La chica se sintió seducida por esas historias y quiso ser también la protagonista de una de ellas. Es por eso que empezó a decir que ella era bruja también, divertida por la cara de escándalo de sus convecinos. Siguió con el cuento ante unos y otros, algo que muchos de ellos tomaron como cierto. Pero no contenta con eso quiso dar un paso más y acusó abiertamente a otra vecina.

La mujer respondió con ira e indignación al cuento de la joven. Pero eso dio pie a un asedio que duraría semanas, hasta que rendida la mujer lo admitió todo como cierto. Hasta el punto de que su esposo y otros familiares confiaron en que así era. Ella también era una bruja, siempre lo había sido, no cabía duda. Y esto no hizo más que empezar; sus declaraciones dieron pie a nuevas acusaciones. La mujer habló de otros vecinos y vecinas delatando también a algunos de ellos.

Poco después todos ellos tuvieron que comparecer ante los aldeanos de Zugarramurdi en un acto público. Tras arrepentirse de sus actos fueron perdonados y siguieron con sus vidas, de momento.

La historia llegó hasta la capital

En Logroño estaba entonces el Tribunal de la Inquisición más cercano y hasta allí llegaron los cuentos de las brujas de Zugarramurdi. Fue por eso que quisieron mandar a un clérigo a dicha población para recoger datos y confirmar las historias que desde allí recibían. Pero aquí es donde la situación más se complica. Logroño distaba mucho de la cultura, atuendos e idioma que se respiraban en la pequeña aldea. Personas humildes, agricultores en su mayoría, de ropajes oscuros y cuya lengua era el vasco.

Todo esto hizo difícil para el enviado recoger las pruebas que le solicitaban. Los traductores no siempre lo hacían literalmente y parece que las impresiones recogidas no fueron muy buenas en su conjunto. En el año 1609 se produjo la detención de cuatro de las mujeres que habían confesado. Mujeres que fueron llevadas a la prisión secreta en las instalaciones de la Inquisición, en Logroño. Allí fueron torturadas a voluntad durante meses y, claro, su única salida fue confesarlo todo como cierto.

La llegada de la comitiva

Mientras tanto, los vecinos de Zugarramurdi, muy preocupados por ellas, decidieron tomar cartas en el asunto. Un buen grupo se dirigió hacia la capital, acompañados de un traductor, para ayudar a las pobres mujeres a volver a casa. Sin duda sus intenciones eran buenas, pero no salió tal y como ellos esperaban. Aquel grupo tan peculiar con ropas oscuras llamaba mucho la atención en las calles de Logroño.

Imagina que esas personas tan raras iban voluntariamente a llamar a las puertas del Tribunal de la Inquisición. Algo que asustaría a cualquiera. Un atrevimiento que era tachado como la temeridad más absurda por cuantos presenciaban la escena. ¿Qué harían allí? ¿Querrían contar sus pecados? Parece que algo así fue lo que sucedió. A pesar de que esa pobre gente acudió con sus mejores intenciones a desmentir la supuestas prácticas de brujería de sus vecinas, fue el traductor el que hizo de las suyas.

El hombre tradujo lo que parecía una especie de confesión y toda la comitiva fue encerrada en la cárcel y sometida a torturas indecibles. Aquí todo se complicó. Los inquisidores creían que aquella gente lo negaba porque el maligno se lo transmitía así. El uso de traductores seguía complicando la comunicación y transmisión veraz de cada mensaje o comentarios.

Mientras tanto en Zugarramurdi

El obispo de Pamplona también quiso visitar esa pequeña población para conocer de primera mano todo lo que de ella se contaba. Alarmado por las historias pasó varios días recogiendo información. Sin embargo, a sus ojos no había tal delito. Él pensó que no eran reales todas las historias de Aquelarres que de allí se contaban y que era algo así como un bulo Francés. Cuentos que contaban aquellos que cruzaban las fronteras para ver quemar a las brujas y alimentar sus leyendas.

Escritores como Caro Baroja han alimentado estas leyendas con sus escritos y las han perpetuado hasta nuestros días. Aunque si las crees o no, eso debes decidirlo tú mismo.

En 1610 condenaron en Logroño a 29 acusados por brujería, pero el voto en contra de un solo inquisidor sembró la duda, salvándoles de la hoguera. Un año después Alonso de Salazar y Frías publicó un Auto de Fe que dio lugar al juicio más grave de la Inquisición Española, el de las brujas de Zugarramurdi.

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